La contracrónica: Maldita sea, otra vez

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Otra vez. Hoy duele un poco más que otros días, pero otra vez. El fútbol parecía que esta jornada se ponía de nuestro lado inexplicablemente y nos daba algo que no merecíamos, pero otra vez. Madrid, otra vez. Zidane, otra vez. Maldita sea.

Este equipo y estos jugadores, a día de hoy, están completamente muertos. No sé si mi mente me ha jugado una mala pasada, pero es inevitable para mí ver a muchos de estos jugadores y no imaginarme a la última España de Del Bosque. La del 1-5 frente a Holanda. La del 0-2 ante Chile. La de las viejas glorias con olor a cerrado. La más cañí. La más ridícula. La más fea. La más previsible. Madrid, ¡huye! Estás a tiempo, creo. O no. No sé.

La realidad del equipo no la tengo que explicar ni yo ni nadie. La clasificación de la Liga ya lo hace por sí sola. Cuartos. A 2 puntos del tercero, el Atlético de Madrid. A 3 del Valencia, el segundo, con un partido menos. A 8 del Barcelona, el primero. Y, ¡sí!, empatados a puntos con el quinto, el Sevilla, nuestro rival el próximo fin de semana. Estamos estirando demasiado el cuello para mirar hacia arriba con demasiada esperanza, cuando en realidad deberíamos estar con el culo apretado, echando la vista atrás, y preguntándonos qué carajo hemos hecho tan mal para encontrarnos así en el mes de diciembre.

El problema, precisamente, es que aquí nadie se pregunta nada. Como si fuéramos animales, nos lamemos los testículos todavía pensando en lo guapos que estábamos en esas maravillosas -y merecidas- vacaciones que pasamos en Cardiff, Milan y Lisboa. Estoy cansado del ayer. Aunque me hizo el hombre más feliz del mundo, mi hoy es un auténtico calvario. Soy de risa tonta y fácil, pero no me pidas que siga sonriendo porque hace seis meses levantamos nuestra tercera Copa de Europa en cuatro años. No puedo. Ni drogándome podría.

No es falta de confianza en el equipo. No es poca memoria. No es injusticia. Es realidad. Triste y cruda realidad. Soy consciente de que nada depende de mí ni de lo que yo diga o escriba. Pero estas letras tan jodidamente crueles, que lloran, que sangran y que incluso me duelen a mí, no son más que un grito. Una advertencia. Un socorro. Un sálvame a tiempo. Un no te vayas por dios. Un reacciona. Un último aliento. Un hostia puta.

Soy muy joven, mucho. Nací en 1995 y soy casi virgen en esto del madridismo. Me enamoré del Madrid de forma empedernida allá por el clavo ardiendo, en 2006, y poco después llegó la época dorada del Barcelona. Me tocó ver a un Madrid que no se parecía en nada a lo que me contaba mi abuelo. Que carecía de todo lo que le había llevado a ser el mejor club de este planeta. Pero, en los últimos años, me di cuenta de que mi abuelo tenía razón cuando me decía que el Madrid volvía. ¡Vaya si volvió! Y ahora, que todavía no se ha ido del todo aunque lo parezca, quiero suplicarle que se quede. Entre otras cosas, porque lo necesito. Entre otras cosas, porque lo merezco.

Perdón por abrir mi corazón. Perdón por matar y querer morir un poco. Perdón por decir lo que pienso. Perdón por gritar que quiero que cambien las cosas. Perdón por creer que este no es el club que se fundó en 1902. Perdón por haberos quitado estos segundos de vuestras vidas. Perdón por ser del Madrid.

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Mientras intentas descubrir algo más sobre mí en estas líneas yo me ando paseando por algún lugar de Barcelona con el escudo del Real Madrid en el pecho. Desconozco si soy un valiente o un imbécil, pero me excita. Son tantos los que me miran mal como los que empatizan conmigo. Así que si algún día desaparezco que sepáis que o me han matado a palos o a besos. Y si eso ocurre… ¡Que nos quiten lo escrito y leído por aquí! Eso sí, ¿hablaréis bien de mí, no? ¡Más os vale!