La contracrónica: Jamás pensé

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Jamás pensé que los pies del Real Madrid se acostumbrarían a darse de hostias con la misma piedra. Jamás pensé que a Zidane le iba a dar igual hacerse tantísimo daño y seguir disimulando mientras los demás se ríen de él. Jamás pensé que odiaría con tantísima fuerza los partidos de Liga los fines de semana. Jamás pensé que a un 8 de enero le pediría que se convirtiera en un 20 de mayo. Jamás pensé que el fútbol, para mí, no merece la pena. Jamás pensé que estaríamos así.

Si en lugar de Eloy me llamara Marco, Daniel, Marcos o Theo y si en lugar de Lecina me apellidara Asensio, Ceballos, Llorente o Hernández, cogería las puertas del Real Madrid y de un portazo saldría pitando. Lo haría sin mirar atrás porque seguro que me arrepentiría al instante al ver que abandono el paraíso, pero ahora mismo me marchaba de ahí cagando leches. Total, ahora parece un infierno. Total, da igual lo que haga. Total, da igual lo que entrene. Total, voy a jugar lo mismo que hasta ahora: nada. Mis compañeros no hacen nada porque no quieren, pero yo no hago nada porque no puedo. No me dejan. Así que me voy. Ya lloraréis.

Llevo desde que empatamos en casa ante el Valencia lanzándome “porqués” sobre mi cabeza como si de piedras se tratase. Y me duelen cada vez más. Me están destrozando. Comenzamos dejándonos puntos porque había jugadores que no estaban bien y cuatro meses después seguimos tropezando por una razón más grave: seguir manteniendo a esos jugadores en el campo. Y cada vez están peor. El año pasado teníamos dos equipos: el ‘A’ y el ‘B’. Los primeros corrían para que los segundos no les dieran un susto y los segundos corrían para intentar dárselo a los primeros. En ese juego de retroalimentación continua, sin darnos cuenta, lo ganamos todo menos la Copa. Sí, eran dos equipos, pero dentro de uno mismo: el Real Madrid.

Ahora hemos llegado a un punto en el que hay muy poco de “Real” y, ¡mira!, “Madrid” seguimos siendo porque estamos afincados ahí. Solo por eso. Sin embargo, siendo lo que somos o dejando de serlo -que ya no sé en qué punto estamos o en qué punto colocarnos- nos hemos olvidado de que el fútbol es muy promiscuo. Nunca se va a acordar de lo que has hecho por él. Cuando huele sangre, te coloca al borde de un precipicio para que caigas por tu propio peso o que alguien te salve a tiempo, es decir, te empuje y acabe contigo por el bien común. Zidane está con medio cuerpo colgando y en lugar de intentar salvarse él, se empeña en intentar mantener en pie a algunos que merecen -aunque sea un tiempo- bajar al fondo y ver si hay algo interesante por ahí abajo. Quizás encuentran en el hoyo algún decálogo que explique lo que implica enfundarse una camiseta blanca en esto del fútbol.

Mientras tanto, aquí seguiremos lamentándonos los malos madridistas. Esos que señalan con el dedo a quiénes no trabajan con responsabilidad dentro de una entidad que un día decidimos amar porque sí. Esos que gritan pidiendo la meritocracia que se llevó Mourinho. Esos que quieren que Zidane reaccione. Esos que quieren que los jugadores vuelvan a dejarse el alma. Esos que quieren que las cosas vuelvan a ir bien. Esos que seguirán gritando ‘¡Hala Madrid!’.

 

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Mientras intentas descubrir algo más sobre mí en estas líneas yo me ando paseando por algún lugar de Barcelona con el escudo del Real Madrid en el pecho. Desconozco si soy un valiente o un imbécil, pero me excita. Son tantos los que me miran mal como los que empatizan conmigo. Así que si algún día desaparezco que sepáis que o me han matado a palos o a besos. Y si eso ocurre… ¡Que nos quiten lo escrito y leído por aquí! Eso sí, ¿hablaréis bien de mí, no? ¡Más os vale!