Veinte años de La Séptima, el final de la travesía por el desierto

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Cantaba Gardel que “sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada”, y a fe que si uno echa la vista atrás los recuerdos de aquella tarde-noche de Amsterdam están muy presentes, pese a los 20 años que se cumplen hoy de aquel 20 de mayo de 1998. Tan reciente es el partido y tanto significo para toda una generación de madridistas que recuerdo con toda claridad todo lo que hice aquel día en la capital de los Países Bajos, así como durante el encuentro. No puedo decir lo mismo de ningún otro partido importante del Madrid en los últimos treinta años.

Hace unos días entrevistaron en la radio a una joven que merodeada por la plaza de Cibeles para ‘celebrar’ el pase a la final de Kiev, y la misma se sorprendía sobremanera cuando el periodista le mencionaba que esto de llegar a tantas finales de Copa de Europa tan seguido no era habitual hace unos años. Para los de mi generación, aquellos nacidos en los 70, la Copa de Europa era como la piedra para Sísifo. Sin llegar a los niveles de la maldición de Béla Guttmann con el Benfica, el hincha madridista veía como una y otra vez la piedra rodaba cuesta abajo.

La final del 80 y el gol de Kennedy en el 81

Para mas inri, con el anterior formato, se tenia que ganar la Liga para volver a intentar el asalto europeo al año siguiente, lo que hacia mas dificultosa la tarea. Inter de Milan, Manchester United, Rapid de Viena, Standard de Lieja, Ajax, Bayern de Munich, Brujas, Grasshoppers… Era indiferente si sucedia en casa, fuera, merecidamente, con escándalo arbitral… Daba igual, el resultado era el mismo. Ya sin Bernabéu, y en un intento de quebrar 14 años sin éxitos, el club consiguió que la final de 1980 se jugara en Chamartín. Levski, Oporto y Celtic, los dos últimos tras épicas remontadas, ponían en buen lugar al Real Madrid para jugar aquella final, ante la cual solo restaba el escollo del Hamburgo. Un 2-0 casero en la ida, y con algún que otro gol anulado, colocaba a los blancos casi en la final, esperanza truncada tras una aciaga noche en el Volksparkstadion: el rodillo alemán de Magath y Hrubech acompañados por el fabuloso inglés Kevin Keegan remontaron holgadamente el resultado de la ida.

El Santiago Bernabéu en la prévia de la Final de Copa de Europa de 1980 entre Nottingham Forest y Hamburgo.

El Madrid no desfallecía y volvió al año siguiente a su cita europea. Esta vez se alcanzó la final por primera vez desde la histórica Sexta, pero el resultado fue el de siempre. Un partido abocado a los penaltis desde que empezó saltó por los aires tras un fallo garrafal de García Cortés en el área que permitió a Alan Kennedy, un lateral huérfano de gol, poner al Liverpool en el Olimpo de los Campeones. La decepción de París fue un mazazo para el club, y por ende para el presidente Luis De Carlos, al que una foto suya en el mismo plano que la Orejona, le torturó durante mucho tiempo, justo la que figura bajo estas líneas.

Luis de Carlos y la Copa de Europa en el Parque de los Príncipes de París.

Uno no sabe si por la derrota, el recambio generacional en la Liga, la mala suerte o el hastío de los fracasos en el subconsciente, pero el caso es que el Madrid entró en un periodo negro sin títulos de Liga, sólo comparable a la etapa anterior a la llegada de Di Stefano al club blanco. Sin embargo el Madrid no se alejó de Europa. Se dedicó a un segundo plano a seguir con apariciones que dieron en el primer lustro de los años 80 con un subcampeonato de la Recopa y 2 Copas de la UEFA. Títulos, éxito, alegrías… Pero no era lo mismo, claro que no lo era. El escudo y la camiseta blanca seguían añorando reencontrarse con su competición y las vitrinas de Concha Espina lamentaban en las frías noches la soledad sin reecontrarse con la más deseada.

Llegó La Quinta del Buitre. Y el PSV…

En la segunda mitad de los 80 llegan las novedades con un cambio generacional que abría ventanas para airear las viejas estructuras de los años de Bernabéu y la transición de De Carlos, unos aires de modernización al club con la llegada de Mendoza. Nuevos fichajes, nuevos bríos y un retorno a lo grande con un nuevo titulo de Liga que abría la puerta de la gran competición. Una de las mejores generaciones de jugadores de la cantera, la Quinta del Buitre, junto a grandes fichajes nacionales y extranjeros, irrumpieron en la Europa continental en busca de la ansiada Séptima.

Para la edición del 87, y a excepción del flojo Young Boys suizo, el Madrid comenzó a lo grande eliminando en segunda ronda a la Juventus de Platini tras una agónica tanda de penaltis en el viejo Comunale, donde un sensacional Paco Buyo estuvo soberbio. Tras el infierno italiano llegó el gélido Belgrado, donde entre luchas de ego de Hugo Sánchez con sus compañeros el Madrid perdió 4-2. Con la épica y la mística de Chamartín, el Madrid consiguió remontar en la vuelta para plantarse en semifinales ante un duro rival: el Bayern. La ida en Baviera resulto trágica. Un arbitro escoces al que le superó la situación se hizo protagonista hasta que Juanito en un arrebato, dejo una de las peores imágenes que se le recuerdan, al mismo tiempo que el Madrid caía goleado por 4-1. El gol de Butragueño permitía agarrarse a una posible remontada para la vuelta. Sin embargo, el Madrid cayó ante una muralla defendida por el estupendo portero belga Jean-Marie Pfaff . El Bayern fue un equipo aguerrido que supo jugar sus bazas y calentar a un publico que de por si ya lo estaba y acabó perjudicando al equipo desde la grada. El solitario gol de Santillana puso punto final a la aventura madridista.

Pero el equipo logró un nuevo titulo de Liga y eso permitía nuevo asalto a la Copa de Europa el curso siguiente. Ésta es la que probablemente hubiera sido la mejor Copa de Europa de la historia, el titulo perfecto, de haberlo conseguido. La entidad de los rivales, los grandes jugadores y los buenos duelos, todo estaba predestinado a quedar en la historia del madridismo. De primeras, el Madrid tuvo que eliminar a un novel Napoles comandado por uno de los mejores jugadores de la historia en el mejor momento de su carrera: Diego Armando Maradona. 2-0 en un Bernabéu a puerta cerrada por los incidentes en la temporada anterior y un 1-1 en la caldera del San Paolo, que Butragueño se encargo de apagar al borde del descanso.

Después tocaba el actual Campeón de Europa, el Oporto, con un 2-1 en el destierro de Valencia y otro 1-2 en Das Antas con un sensacional Paco Llorente y dos goles de Míchel. En cuartos llegaba el Bayern. Nuevo desastre en Múnich, con un 3-0 al descanso, pero que arreglaron Butragueño y Hugo en los cinco minutos finales para acabar 3-2. La vuelta en Chamartín, esta vez sin incidentes, catapultó al Madrid a semifinales con dos goles de Jankovic y Míchel. La final se asomaba por el horizonte y el PSV aparecía como el ultimo obstáculo. El Madrid se las prometía muy felices pero los de Eindhoven se mostraron como un rival duro y rocoso que atenazó de tal manera al Madrid, que en el Bernabéu solo empataron 1-1 y dando gracias. En la vuelta el Madrid mejoró mucho su juego y dispuso de grandes ocasiones para marcar, aquella del Buitre que lanzó por encima de Van Breukelen, pero no lo consiguió. El Madrid se quedaba a las puertas de la final ante un PSV que finalmente se llevó el titulo sin ganar ninguno de los últimos cinco partidos. La Copa perfecta había volado.

El gol de Butragueño ante el Nápoles de Diego Maradona.

El Coco se llamaba Milán

La temporada siguiente, con el piloto automático de las victorias ligueras activado, la clasificación previa fue mas facil. Moss y Gornik Zabre antecedieron a un nuevo duelo ante el PSV, al que se derrotó tras empatar en los Paises Bajos 1-1 y tras una prórroga en el Bernabéu, en una eliminatoria caracterizada por la decisión de Leo Beenhakker de dejar en el partido de vuelta a Emilio Butragueño en el banquillo. “¿Sabe usted lo que ha hecho? Ha jugado usted con el patrimonio del club“, llegó a espetarle Mendoza al entrenador, quien firmó su sentencia aquel día. En semifinales apareció el Milan de Sacchi con los holandeses Gullit, Van Basten y Rijkaard, y la historia ya no volvió a ser la misma. Un sufrido 1-1 en el Bernabéu y una noche triste en Milan expulsaba a los blancos por tercer año consecutivo en semifinales. La goleada encajada (5-0), la imagen y el brillante juego milanista con su revolucionaria defensa en zona pesarían mucho en la generación de la Quinta del Buitre, que empezaba a dar señales de agotamiento al tiempo que no lograba superar la barrera de las semifinales.

Leo Beenhakker junto a un ‘patrimonio del club’, Emilio Butragueño.

La cuarta intentona consecutiva se corto de raiz en Octavos tras cruzarse nuevamente con el Milan, tras eliminar anteriormente al Spora de Luxemburgo. La bestia negra de aquellos años volvió a ganar 2-0 en San Siro (con alguna que otra ayuda arbitral), y controló bien los tiempos para perder únicamente por 1-0 en el Bernabéu. El fútbol mecánico de Sacchi volvió a sentar cátedra. El Madrid de los 107 goles no aflojo en España y alcanzó el quinto título de Liga consecutivo, y se mentalizó para en la 90-91 tratar de alcanzar la final. Odense y Swarovski Tirol, que se llevaron 21 goles en los cuatro partidos, fueron las comparsas antes de la llegada en cuartos de final del Spartak Moscu. Pese a que el Madrid estaba en descomposición (la salida de Schuster, la lesión de Milla en pretemporada, la destitución de Toshack, la interinidad de Di Stefano en el banquillo…) el 0-0 de la ida en Moscú parecía proclive para ganar en Madrid y pasar a semifinales. La realidad dio de bruces al madridismo: pese a un gol inicial de Butragueño, el Spartak se paseo por el césped del Bernabéu ganando 1-3. El Madrid se despedía de la Copa de Europa de esa forma durante unos cuantos años.

Llega la Champions, adiós Copa de Europa

Las cuatro ligas seguidas del Barcelona de Cruyff apartaron al Madrid de su competición fetiche hasta 1995, para que Valdano guiara los destinos del equipo hacia un nuevo título y por ende, un nuevo asalto. Los tiempos habían cambiado el formato, y pese a que aún sólo accedían a la nueva Copa de Europa los campeones de Liga, el dinero de las televisiones y la conversión de deporte en negocio cambiaron el modelo de eliminatorias a liguillas en los primeros meses de la competición. Ajax, quien se exhibió en el Bernabéu, Ferencvaros y Grasshopper fueron los compañeros de aquella liguilla que acabo con la clasificación directa para los cuartos de final. Allí esperaba una flamante Juventus, a la cual el Madrid logró derrotar en casa por un solitario gol de Raúl. La vuelta en Delle Alpi, sin un Valdano cesado tras perder con el Rayo y un Mendoza dimitido en los meses previos, enseñó a Europa a un Real Madrid roto, perdido, temeroso e incapaz, que perdió 2-0 en la enésima intentona.

Deschamps y Raul en Delle Alpi.

Tras las revolución veraniega de Lorenzo Sanz y los fichajes de Fabio Capello para el banquillo, quién se lo iba a imaginar, y Roberto Carlos, Suker, Mijatovic y Seedorf como estrellas para el césped, el Madrid ganó la Liga y regresó a una Copa de Europa que se llamaba Champions League en la cuál ya se admitía a los segundos de ciertos países. Con el enésimo cambio de entrenador, un Jupp Heynckes al cual devoró el vestuario madridista poco a poco, termino líder de su grupo tras derrotar a Rosenborg, Olympiacos y Porto. En cuartos de final un empate 1-1 y un 3-0 ante el Bayer Leverkusen ubicaba al Madrid enfrentado cara a cara ante su historia. Un conjunto de jugadores que no hacían caso al entrenador y a veces demostraban que ni se soportaban entre ellos mismos se confabuló para agarrarse al único título que podían lograr y que el madridismo demandaba con ansia. Ni la caída de una portería pudo parar en la ida a los blancos Morientes primero y un punterazo de Karembeu después daban ventaja a los blancos ante el Borussia Dortmund. La vuelta apagó los fantasmas de aquel 2-0 al Hamburgo hacía años, y un equipo serio y asentado eliminaba al actual Campeón de Europa en su propia casa al empatar 0-0.

El resto es historia. Un disparo de Roberto Carlos, un rechace, el gol de Mijatovic. La Séptima en Amsterdam ante la Juventus expulsaba los fantasmas de la buhardilla y abría nuevos caminos. El que no haya vivido los sinsabores de la década de los 80 en Europa no puede saber lo que se disfrutó aquella noche. El hijo de un integrante de la Sexta Copa de Europa alzaba al cielo el nuevo titulo y callaba la frase sarcástica del anuncio de “¿Y el Madrid qué, otra vez Campeón de Europa, ¿no?”.

Manolo Sanchís, la Séptima y el cielo de Amsterdam. Leyenda del Real Madrid.

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