Cuando criticaba yo el error de Casillas ante Suiza (aquel balón que pretendió despejar con los pies, extrañamente, en vez de lanzarse a agarrarlo), ironizaba sobre el mal momento que lleva atravesando el portero desde hace dos temporadas poniendo como causa del mismo su relación con la Carbonero. Algunos no entendieron la ironía de mi argumento (cosa que me molestó, porque yo nunca diría en serio una parida semejante), o tal vez no supe explicarme con claridad, pero en fin.
Lo triste es que ha habido quienes, sin la menor ironía, sí han usado a la Carbonero como arma arrojadiza contra Íker. Y todo en el peor momento de éste como profesional, convertido en un portero inseguro y fallón que en cada actuación dejaba al menos dos o tres errores técnicos escalofriantes. Realmente, nunca ha sido un portento técnico. De hecho, incluso me parece un portero técnicamente mediocre que tapaba sus carencias con trabajo y, sobre todo, con una inspiración casi divina que lo llevaba a perpetrar auténticos milagros en la portería. Pero esa inspiración había desaparecido y el trabajo parecía brillar por su ausencia. Lo que quedaba era un portero que transmitía una imagen de hastío y un perpetuo mal humor.
Porque, cuestiones técnicas aparte, uno de los puntos fuertes de Íker había sido el carisma, su perfil de chaval sencillo y auténtico. Al mismo tiempo que lo abandonaba el ángel lo hacían también su espontaneidad, su naturalidad, la sinceridad simplona que siempre lo había caracterizado. El chavalote de barrio que conocíamos se había convertido en un tipo serio, forzado en sus poses políticamente correctas, como un heredero de la filosofía envarada que han ejercido otros capitanes antes que él. Raúl sería el último ejemplo.
En el Mundial ha ido claramente de menos a más, con el penalti detenido a Paraguay como impulso definitivo para su despegue. Al Íker que hemos visto en la final no se le han notado las deficiencias técnicas. Ha sido solvente cuando tocaba intervenir. Ha blocado, ha salido, ha parado, ha ganado al uno contra uno... Y, al mismo tiempo que en la portería parecía ser otra vez el de siempre, al terminar el partido he vuelto a ver al Íker que añoraba, al chavea sencillo, sin dobleces. Lo vi en sus lágrimas apenas contenidas con el gol de Iniesta, acuclillado en el área, mordiéndose los guantes. Lo vi cuando el árbitro pitó el final y se convirtió en el centro de la piña de los jugadores, no porque él se pusiera ahí, sino porque todos acudieron a él. Lo vi en ese llanto que me recordó al de la Novena, ese Íker incapaz de contener la emoción, arrebatado por lo que estaba viviendo... Y, sobre todo, lo vi en ese momento sublime que estará dando la vuelta al mundo, repetido mil veces en todas las televisiones, con la Carbonero. Durante todo el Mundial, la entrevista entre novios ha alimentado morbo y suspicacias. "Qué te voy a decir...", decía ese Casillas en las nubes, ante el micrófono de Sara. Ella, muy en profesional, intentando sacarle palabras. Recuerdos para los seres queridos, la voz entrecortándose y ¡zas!, la entrevista que se interrumpe con un morreo en plan " a tomar por culo todo". Un morreo que al mismo tiempo era un exorcismo. Fuera los demonios de si Sara debía o no debía estar ahí. Fuera los demonios de la prensa rosa. Fuera los demonios del debate con Valdés de por medio. Fuera las dudas, las críticas. Confirmó la hazaña con otro beso, menos apasionado pero más cariñoso, en la mejilla de la perpleja Sara y sin más se dio media vuelta y abandonó la entrevista. ¿Para qué decir más? Ya había quedado claro que el Íker amargado y tenso había quedado atrás. Que lo que se hable o no se hable de su vida no tiene ya la menor importancia para él. Y ese Íker nuevamente feliz consigo mismo vuelve a ser un portero decisivo. Técnicamente imperfecto, pero concentrado para que no se noten sus imperfecciones. Y de nuevo arropado por dos alas de ángel.
El Casillas de siempre ha vuelto. Yo lo he dado por perdido y hasta he defendido su venta. Pero lo cierto es que ha vuelto. Sólo queda esperar que lo haya hecho para quedarse.