Ignoro si la anécdota está más cerca de la verdad o de la leyenda, pero el caso es que he crecido con ella. La protagoniza Francisco Ruiz Miguel, diestro cojonero natural de la Isla de León, que allá por mi infancia andaba fajándose con victorinos por toda España. Luego se retiró, montó una carnicería y ahora, con más de 60 años, aún se viste de luces de vez en cuando, en ocasiones especiales, para dejar constancia de su magisterio. Resulta que estaba una tarde en una plaza grande (¿Madrid?), batiéndose el cobre con una alimaña de mucho cuidado, cuando un aficionado se pasó toda la faena recriminándole con cajas destempladas la colocación. Harto, el maestro se olvidó del toro, miró al tendido y le dijo al aficionado, retador: "baja tú".
Tradicionalmente, la afición a los toros es una de las más fieles. Tipos capaces de hacer un montón de kilómetros al año para asistir a determinados acontecimientos. Entre eso y la extraordinaria literatura que han prepetrado los cronistas taurinos de toda la vida (sin ninguna duda, los de mejor escritura dentro del género periodístico), los aficionados han contado siempre con un conocimiento pretendidamente riguroso de los quehaceres de todo el escalafón. Sin embargo, es probable que gran parte de ese conocimiento, como me ocurre a mí con la anécdota del arranque, tenga más visos de leyenda que de realidad. José Tomás, celoso de su propia condición de samurái de la arena, lo ha entendido perfectamente, impidiendo que sus corridas sean televisadas. Una manera como cualquier otra de inflar el globo. Sea como fuere, el gran defecto de la afición taurina es una intransigencia que a menudo roza la frivolidad, haciendo bueno el dicho de que los toros se ven muy bien desde la barrera y olvidando que, con las cosas mejor o peor hechas, abajo en el albero hay siempre un tipo jugándose el pellejo.
La afición futbolística nunca ha sido tan entendida. Fuera del ámbito más o menos cerrado de los socios de cada club, antes existían pocas posibilidades de ver la cantidad de fútbol que vemos hoy en día. La generación de mis padres se crió alimentando en la cabeza de cada niño las hazañas en blanco y negro del NODO y, en el mejor de los casos, las crónicas, convertidas en verdad de fe, de Marca o As. Eso no impedía que en cada tertulia la gente se diera ínfulas y sentara cátedra en discusiones que llegaban a tal grado de calentura que personas como mi abuelo acaban por decir que en su casa estaba prohibido hablar de política, de religión y de fútbol, con el fútbol sustituyendo a los tradicionales toros. Con la explosión del fenómeno televisivo, cualquiera con tiempo libre y ganas puede seguir con asuidad dos o tres ligas distintas, además de las competiciones europeas y los campeonatos de selecciones, consiguiendo una información de primerísima mano sobre lo que se cuece por ahí. Pero claro, eso no quiere decir que todo el mundo lo haga...
A cuenta de esto, estamos llegando a una situación en la que cada aficionado se cree un entrenador. Toda la vida leyendo cosas (sin distinción crítica) en la prensa deportiva, muchos partidos vistos, con comentaristas que van explicando todo (con mejor o peor fortuna), y la sempiterna influencia de los medios hacen que a menudo confundamos con criterio propio lo que no es sino mera repetición de tópicos. Así, casi todos estamos de acuerdo con eso en esta página, está ocurriendo hoy en día con el manido tiki-taka, que parece haberse convertido en la única forma válida de jugar al fútbol, a tenor de la creencia generalizada.
Una profesora de la Facultad me explicaba que no debemos caer en el error de creernos más cultos que los que vivían en la Edad Media. Cierto que ellos eran, en su mayoría, analfabetos. Cierto que no tenían ni por asomo las posibilidades de información que tenemos nosotros. Pero era gente que reconocía los cantares de gesta de los juglares, que memorizaba romances sólo a base de escucharlos, mientras nosotros, con nuestra enseñanza obligatoria y nuestros mass media, en muchos casos somos incapaces de escribir sin faltas de ortografía. Del mismo modo, a veces tengo la impresión de que la saturación de fútbol que vivimos hoy en día no nos está convirtiendo en aficionados mejor informados (considérense estas palabras una generalización evidente), sino en enteradillos de tres al cuarto que mordisquean sus puros acodados en la barrera.
Resulta sonrojante cómo cambiamos de criterio según soplen los vientos. Cómo hacemos declaraciones contundentes e impúdicas sobre determinados futbolistas sólo porque su nombre no nos suena (claro, nos creemos tan bien informados que no aceptamos que algo se salga de nuestro ámbito de conocimientos, sin darnos cuenta de que a lo mejor el problema es que ese ámbito de conocimientos es más pequeño de lo que pensamos). Hablemos en plata: ¿quién sabía de la existencia de Maicon hace dos o tres años, cuando todos nos hacíamos cruces por el no fichaje de Dani Alves? ¿Cuántos hemos visto de verdad a tipos como Darijo Srna o Kolarov o incluso Veloso y Moutinho en más de cuatro partidos (en el mejor de los casos)? A veces me invade el estupor cuando veo los comentarios que vertimos en el foro y en los blogs, la impudicia con la que catalogamos a Fulano o Mengano sin tener ni zorra idea de cómo juegan realmente. ¿Srna es como Arbeloa? Puede complir el perfil de jugador de nivel medio en cuanto a nombre, pero nadie que haya visto el desempeño del croata puede decir que se parezca a Arbeloa. ¿André Santos es un juerguista? ¿Y entonces Maicon qué es? ¿Qué habríamos dicho si Florentino, en su anterior etapa, en vez de fichar a Ronaldo hubiera apostado por un jovencito Didier Drogba? ¿Cuántas veces nos hemos llenado la boca diciendo que hay que fichar hombres y no nombres para a las primeras de cambios andar lloriqueando por nombres? Insisto en que estoy generalizando. Pero todos, en mayor o menos medida, hemos pecado de impudicia en algún aspecto.
El principal problema es que esta forma de actuar no sólo deja a menudo en evidencia nuestra falta de criterio real, sino que nos está privando de una de las facetas más bonitas que tiene ser aficionado al fútbol: la posibilidad de que nos sorprendan, la capacidad de ilusionarnos y de estar a la expectativa, de esperar cosas buenas de nuestros jugadores. Cualquiera que venga y que no pertenezca a la estrecha nómina de futbolistas que salen en los medios ya lo hace con algún sambenito colgado, ya ha sido descuartizado por la opinión pública, puesto en solfa, apaleado y denostado. Ahora no importa el rendimiento, no importan los títulos. Jamás estuvo más certero Wenger que cuando dijo que el Madrid vive en una realidad distinta, en la que ilusionan más los fichajes que el fútbol en sí.
Estamos acabando con la posibilidad de disfrutar de este deporte. Y, además, estamos dando pie a que venga un Ruiz Miguel, con la taleguilla llena de sangre y la piel recosida a cornadas, a mirarnos con desprecio y decirnos: "bajad vosotros".