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Lunes, 30 Septiembre 2013 13:34

Santiago Bernabéu, zona cero

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La zona cero está asociada a destrucción, aniquilación, carácter bélico, horror, tristeza, silencio. El primer lugar denominado así fue Hiroshima, el 6 de agosto de 1945 debido al lanzamiento de la primera bomba atómica de la historia contra el iimperio de Japón. Días más tarde Nagasaki sufrió las mismas consecuencias. El segundo lugar más cercano en el tiempo el World Trade Center (New York), 11 de septiembre del 2001, atentado terrorista suicidas cometidos contra las Torres Gemelas, un film real, una hecatombe, el desplome de esos gigantes era el fracaso de la libertad.

Tercer lugar, estadio Santiago Bernabéu, 28 de septiembre, noche de otoño, desagradable, de esas que prefieres ver al equipo desde el cálido sofá de casa o desde el bar con tus amigos alrededor siendo un aficionado exaltado por la algarabía de los que van más calientes por dentro que por fuera.

Las señales no eran buenas. Los días anteriores, aunque con calor en la capital, eran fríos, negros, tormentosos y hasta con ciclogénesis por medio con el penalti injusto pitado a favor del Madrid en el minuto 94 en el Martínez Valero de Elche. Uno ha visto mucho fútbol (hablo como los clásicos), muchos partidos resueltos por goleada en la primera parte ante equipos de menor entidad y recién ascendidos a Primera, que trataban estos partidos como el día del Club, donde la llegada del Madrid era celestial, caída de cielo. Los dioses aterrizaban: Zeus, Apolo, Cronos, Poseidón llegaban a sus praderas y debían ser obsequiados con los mejores presentes de la tierra en forma de goles... Esos tiempos se acabaron. Hoy esperan a los dioses como esos titanes desterrados del cielo, hoy no hay baile, hoy hay guerras. El equipo ganó sin brillo, sin alma, ganó como si de un grupo de extraños se juntaran y no supieran sus nombres, ganó con trampas, sin señorío y por una decisión equivocada de Muñiz Fernández que a la postre hizo más daño de lo que pensábamos.

La ilusión por un derbi te hacer quitar la pereza del hogar y de la televisión, la noche húmeda y desagradable te hace pensar "que sí, que esto merece la pena", las dudas se despejan. "¿Qué mejor rival que los colchoneros?", esbozas una sonrisa, pensando en tantos conocidos sufridores a los que llevas vacilando desde hace 14 años y que el mal trago de la Copa esta vez será dulzón, no será un trago de garrafón, será una borrachera de fútbol y las señales que el equipo había mostrado contra el Elche era el punto y final de la pesadilla de septiembre, demasiado dura para la vuelta al "cole", los juegos para Tokyo, la vuelta al Madrigal con dos puntos menos, la polémica inicial de la portería, el mal juego contra Elche, otro mes nueve negro.

Todo estaba listo: el ambiente de gala, mi asiento, aunque esté lejano del césped, permite apreciar la galaxia igual de bonita, porque las estrellas se ven mejor desde la distancia, con luces apagadas. Corrían, trotaban, estiraban, el tren galés no jugaba de inicio, lógico, por primera vez Ancelotti tomaba una decisión coherente con los jugadores que salían de una lesión, prudencia. El guión estaba escrito, tocaría salir a la contra en la segunda parte buscando las espaldas de un Atlético volcado arriba, la herencia, el legado de Mou, la pista de los velocistas se podía vez camuflada en el césped, Isco, Bale, CR7 a correr... Todo era perfecto, hasta que a las 22:00 se produjo la devastación, la bomba de Hiroshima, el desplome de las torres, el final de los brotes verdes que se apreciaban a principio de temporada. El Madrid era vulnerable, se volvían a juntar los mismos amigos que se conocieron en Elche para jugar en el lugar más sagrado de este deporte, el sitio donde se empieza a escribir el fútbol moderno, donde reposan los trofeos más codiciados, "el Louvre del balompié".

Los aficionados empezábamos a mirarnos, no nos reconocíamos, la ilusión de los niños se veía perdida, Cristiano parecía que tenía kriptonita; Isco, el chico alegre del grupo, estaba cabizbajo, triste, ya no se divierte con estos nuevos amigos de la capital; Illarramendi corría con el ímpetu de dar caza a todo los balones, intentaba achicar agua pero se ahogó en el intento; a Di María se le olvido la escafandra y la bombona de oxígeno. Benzema, el señor don gato, ya ha pasado por la "calle del pescado" y no ha resucitado, sus siete vidas quedaron atrás y no parece que tenga opción de conseguir una vida extra. La grada del Bernabéu es complaciente, amante de los jugadores tribuneros y solidaria cuando está saciada, pero es el peor depredador cuando ve una pieza herida y  tiene hambre, y el francés será devorado. Y así podríamos hablar de todos y cada uno de los jugadores que de alguna forma estuvieron presentes.

Y la pesadilla se hizo realidad, era el minuto 11 del partido, cuando el Fideo, con un error en el frontal de área, activó sin querer el arma más letal, la que arrasaría con un nuevo proyecto, ilusionante, diseñado según indica el recetario para lograr el éxito; aunar veteranía, juventud, magia y brillo con el mejor de los mejores no es suficiente, no basta como quedó demostrado. Un brasileño con aspiraciones a vestir la roja explotó en Chamartín. El destello provocó la muerte de este proyecto, destapó las miserias de la tiranía, empezó a emanar la venganza de los que guardan la memoria histórica de Jose Mourinho, comenzó en la grada la reflexión, el recuerdo de los que no están, el buscar culpables, el saber que volvíamos a la nada más absoluta y que esto, por desgracia, ya lo habíamos vivido. La historia es cíclica, pero nadie pensaba, ni el más escéptico, que fuera tan pronto, que la devastación fuera total. El discurso fácil, no todo es el dinero, un jugador que había costado 900.000 había hecho descarrilar al tren de la mina. A nadie le importa Forbes, el presupuesto más alto, la marca más reconocida, la vergüenza y el darte de bruces con la realidad hace ver que esto es FÚTBOL.

Ahora, toca animar, venirse arriba, recomponerse, sacar los tópicos de "va, somos el Madrid", esto ya no cuela, cuentas una mentira que hace más daño que beneficio. La realidad es otra: el Bernabéu es una nueva zona cero y costará mucho que empiecen a salir de nuevo los brotes verdes que se veían en un principio.

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Nacho Romeral

De alma callejera como los de la generación de los 70. Crecí en la calle jugando al fútbol y con una pasión sin límites por todo lo que sea blanco y huela a merengue. Madridista desde que mi madre me cosió en una camiseta blanca ese parche con silueta rechoncha y una corona en la cabeza y me puso el "7" en la espalda. Hice mis pinitos en los campos de tierra de la Comunidad de Madrid y sobre todo en La Mina del Carabanchel, pero una lesión me hizo abandonar. Ahora intento inculcar los valores del deporte a un pequeño diablillo de 5 años que ha cambiado de ídolo, se ha 'españolizado' y ha dejado aparcada su camiseta de Cristiano por la del malagueño Isco.

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