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Jueves, 10 Julio 2014 21:27

Fideo hasta en la sopa

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Ángel Di María es un ejemplar en peligro de extinción. Un jugador del futbol moderno pero con virtudes y cualidades de épocas pasadas. Es un rara avis, un mediocampista, un volante con una velocidad de vértigo y un extremo con absoluta capacidad de mutación para moverse entre líneas. Un comodín en toda regla, útil para una plantilla que está sobrada de talento en el frente de ataque pero falto en capacidad de sacrificio cuando el equipo lo requiere. Saben que por ahí anda un jugador 'flacucho' que hace ese desgate por ellos.

El Fideo llegó al Real Madrid de la mano de Jose Mourinho en la temporada 2010-2011. La apuesta era complicada, vino como sospechoso y con una dura prueba de nivel antes de ponerse la camiseta blanca. La llegada de Jesús Navas parecía inminente en un proceso de españolización de la plantilla tras el fracaso de Pellegrini. Navas y Silva eran los presuntamente elegidos para tranquilizar a una afición que veía cómo el desastre de Alcorcón y el mal trago europeo del Olympique de Lyon habían tirado por tierra toda la ilusión puesta en la llegada de los nuevos galácticos: Cristiano, Kaká, Benzema, Alonso, etc…

Tras pagar 25 millones de euros, Di María empezó a trabajar para ser una pieza importante para el equipo. Su primera pretemporada fue desconcertante, nadie entendía que había visto Mourinho en ese jugador. No tardaría mucho tiempo en demostrar que el técnico portugués no estaba equivocado. Su electricidad, su capacidad de sacrificio, sus goles y, sobre todo, el número de asistencias hizo inclinar la balanza. El Santiago Bernabéu es el último circo romano en pie, sus espectadores aún tienen la capacidad de alzar el pulgar para la salvación eterna o bajarlo para la decapitación de futbolistas, entrenadores e incluso presidentes. El Fideo consiguió encandilar con esos gestos de sacrificio que tanto gustan en Chamartín. La imagen del de Rosario es ese centro medido a la cabeza de Cristiano Ronaldo en la final de Copa del Rey. Sin duda, fue uno de los motores de ese Real Madrid.

Las temporadas venideras fueron un periodo de claros y oscuros para él. La temporada más espectacular del Real Madrid de Mourinho (2011-2012), la liga de los Récords, no fue protagonista. Las lesiones y el bajón físico y mental le alejaron de las grandes portadas.  Tampoco fue mucho mejor la siguiente (2012-2013) debido quizás ese clima bélico que vivió el vestuario. Aún así terminó con una cifra goleadora similar a la de su primera temporada (9 goles) y con un porcentaje menor en el número de asistencias (12 en total).

 

El fin de la era Jose Mourinho hacía pensar en la revolución en una plantilla que necesitaba un lavado de cara y un impulso en forma de fichaje estratégico. El expreso de Cardiff era la pieza que Florentino necesitaba apresar para hacer el cambio de tendencia. Lo consiguió en junio antes de confirmarse su reelección como presidente. Todo era perfecto, la estrategia estaba marcada. El Tottenham  recibiría una cantidad cercana a los 45 millones de euros más el traspaso de Ángel Di María. Nunca antes el jugador argentino había estado tan fuera del Real Madrid. Lo que pasó después ya se conoce. Su negativa a ser traspasado unido a una pretemporada espectacular hizo que de forma inesperada Mesut Özil saliera del equipo. Ancelotti quería sacrificio. El Real Madrid necesitaba liquidez para afrontar el fichaje de Bale y Mesut Özil bajó los brazos. Quizás el peso de las libras procedentes del Arsenal ayudaron bastante.

Tras este órdago ganado, Di María tocó fondo. La llegada de Bale, los primeros partidos mágicos de Isco y la innegociable participación de Cristiano y Benzema dejaban sin espacio y sin minutos al 22. La pasada temporada fue su peor versión hasta ahora, parecía haber perdido todas las virtudes conocidas. Solo alguna aparición fugaz en ese final de año, insuficiente para un público el del Bernabéu, esos romanos ansiosos y cansados dejaron caer el pulgar. Su acomodamiento parecía su sentencia. Y ese gesto sería su último acto al servicio de una camiseta que no merece esa irreverencia. Los pulgares del Bernabéu ya no señalaban el cielo de Madrid, se habían caído definitivamente.

Ancelotti, por segunda vez en seis meses, salva  la situación. Los muchos años en un vestuario hacen que sepa entender el sentir de un jugador profesional y consiguió sosegar el ambiente hostil. Recondujo la situación de Di María y éste le agradeció esa última oportunidad como nunca. Desde ese momento, Di María se reinsertó como futbolista profesional. Se quitó los complejos. Pagó su penitencia por sus actos equivocados y consiguió ayudar al equipo a la consecución de un doblete histórico. Su participación en la final de Copa y, sobre todo, el trabajo de desgaste en la final de Lisboa le llevó al reconocimiento como MVP de la final.

Todo parecía tranquilo, por fin tenía el status que había soñado, pero la distancia y los halagos son malos compañeros. Di María quiere más. Se siente protagonista. Se nota importante. Su papel en el Mundial, aún estando en una selección finalista sin brillo, le hace tener la sensación de tener el control sobre  su futuro. "El Fideo quiere pasta", su caché se eleva por días y se hablan de cifras impensables para un jugador importante, pero que siempre ha ido acompañado de polémica.

La decisión está en manos del club. Todo hace indicar que éste será su último verano vestido de blanco. Muchos son los clubes que le pretenden (PSG, Mónaco, United, Juve), todos poderosos. Quizás tengamos otro 'caso Özil', es cuestión de tiempo.

 

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Nacho Romeral

De alma callejera como los de la generación de los 70. Crecí en la calle jugando al fútbol y con una pasión sin límites por todo lo que sea blanco y huela a merengue. Madridista desde que mi madre me cosió en una camiseta blanca ese parche con silueta rechoncha y una corona en la cabeza y me puso el "7" en la espalda. Hice mis pinitos en los campos de tierra de la Comunidad de Madrid y sobre todo en La Mina del Carabanchel, pero una lesión me hizo abandonar. Ahora intento inculcar los valores del deporte a un pequeño diablillo de 5 años que ha cambiado de ídolo, se ha 'españolizado' y ha dejado aparcada su camiseta de Cristiano por la del malagueño Isco.

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