Una última carrera, Gareth

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El madridismo es muy de odiar y querer a la vez. Somos de mandar a freír espárragos a un futbolista a las nueve de la noche y terminar, diez minutos después, cenando con él cogiditos de la mano chupeteando el mismo tenedor. Si el fútbol no tiene memoria, el madridista menos. Y me incluyo, evidentemente. Nos movemos por impulsos continuamente. Lo que me des hoy, te lo compro, me da igual lo que me quitases ayer. He dicho que te quiero, ¿vale?

El tramo final de temporada de Gareth Bale es cojonudo. Te lo dicen hasta los que han pasado de llamarle el ‘Expreso de Cardiff’ a compararle con el carril bici que va de Torrevieja a Campoamor. La realidad es que ha marcado cuatro goles en los tres últimos partidos. Mojó moño ante Leganés, Barça y Celta. Además, lleva tiempo consolidado como el segundo máximo goleador del Madrid, solo por detrás de Cristiano. Aunque Benzema no le ha tocado ninguna vez con el dedito en la espalda para molestarle, no dejan de ser 18 goles: su tercer mejor registro desde que se lo arrancamos de los brazos a Daniel Levy.

Ahora bien, odiemos o queramos con motivos. El problema de Bale nunca han sido sus números. No voy a perder ni un segundo en numerar las condiciones y cualidades de ese señor. Llegaría demasiado tarde si busco una palmadita en la espalda por descubrir América. Es tan y tan bueno que el Madrid decidió ficharle y decirle: donde no llegue Cristiano, estarás tú; en ese trono pronto plantarás nalga. Nos hemos cansado de esperar.

Ha tenido momentos y muy buenos. El primer año en Chamartín acabó con la carrera de Bartra en la final de la Copa del Rey e hizo el 2 a 1 en Lisboa para terminar levantando la ‘Décima’ tras aquella idílica prórroga ante el Atlético. En las temporadas siguientes, con Cristiano dosificando esfuerzos, cogió las riendas del equipo en algunos tramos y estuvo a punto de engañarnos. Muchos llegamos a pensar que iba a cumplir el órdago del club y comenzaría a saltar encima del trono como lo hace un niño chico en la cama de sus padres. Pero no.

El problema de Bale, dejando a un lado que se lesiona cada ocho horas, ha sido su adaptación. Y no hablo de idioma ni de tradiciones. Reírse del representante español en Eurovisión o comer paella no hace que te integres más. Hablo de cultura de club, de saber dónde estás y para quién estás. En el Madrid no vale con ser un pelotero de narices y un buen profesional. Se pide algo más. En ese sentido, tengo la sensación de que no se ha molestado lo más mínimo en saber, por ejemplo, qué necesita la afición para creer en alguien ciegamente y estar dispuesta a morir por él. Frío y distante siempre, como si el Santiago Bernabéu fuera un mero transbordo o una escala.

No sé si se marchará al final de temporada. Su cara no para de decir ‘síes’ muy rotundos. Desconozco también las intenciones del club y de si la revolución pasa por su venta. Sin embargo, todo esto vendrá después de Kiev. Bale es un argumento más para esa final ante el Liverpool. Con espacios, el mejor. Ojalá su ambición le hubiera llevado a ser la hostia sin ellos. Ahora no tendríamos que hacer ningún casting para el trono. Menos trabajo para todos, que esto es España y se hubiera agradecido.

Brindemos con una última carrera, Gareth. Por ti. Por nosotros.

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Mientras intentas descubrir algo más sobre mí en estas líneas yo me ando paseando por algún lugar de Barcelona con el escudo del Real Madrid en el pecho. Desconozco si soy un valiente o un imbécil, pero me excita. Son tantos los que me miran mal como los que empatizan conmigo. Así que si algún día desaparezco que sepáis que o me han matado a palos o a besos. Y si eso ocurre… ¡Que nos quiten lo escrito y leído por aquí! Eso sí, ¿hablaréis bien de mí, no? ¡Más os vale!

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