RM 3 – 2 INT: Rodrygo salva al Pazzo Madrid

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Pazzo Madrid, loco Madrid. Otra vez un partido de locos, otra vez un partido sobre el que no hubo ningún control, pero que se decidió porque el Señor Champions es madridista y no quiere a los blancos fuera de la competición en la liguilla. Tras ir ganando 2-0 al Inter a la media hora, los de Zidane vieron cómo el Inter llegó a empatar y tuvo dos ocasiones clarísimas para el 2-3. Pero no fue así. Fue Rodrygo el que tuvo que salvarle la vida a los blancos tras un buen centro de Vinicius y le dio el triunfo a su equipo (3-2). El Madrid sigue adelante, quién sabe cómo ni por qué. Pero ahí está.

Una de las primeras medidas que tomó Antonio Conte cuando llegó al banquillo del Inter fue conseguir que el himno oficioso del club, el Pazza Inter Amala, dejara de escucharse en el Giuseppe Meazza en los partidos en los que el club jugaba como local. Según la Prensa italiana, el nuevo técnico nerazzurro consideraba que aquella preciosa canción, el equivalente al himno del Arrebato del Sevilla y cuya letra atribuyen al vicepresidente del Inter Peppino Proisco, representaba a etapas pasadas y quería algo nuevo. “Etapas pasadas”, por cierto, como metáfora de José Mourinho, porque con las gradas del Bernabéu cantando a todo pulmón el Pazza Inter ganó la Copa de Europa de 2010 ante el Bayern antes de racalar en el Real Madrid. Y Conte, sí, ya tuvo demasiado recuerdo de Mourinho en su etapa en el Chelsea.

La decisión, más allá de la preciosa canción, no está mal encaminada. Sobre todo porque su Inter es de todo menos ‘pazzo’, loco. Las idas de olla, por la extraordinaria gestualidad que aplica desde la banda, se las deja él para el borde del campo. El Inter se coloca en el campo, no deja nada a la improvisación y fía buena parte de su suerte al estajanovismo de la plantilla. El Madrid, en cambio, es todo lo contrario: la cosa más pazza del mundo.

Salió el Madrid, con el equipo que se presupone de gala para los partidos grandes salvo el obligado cambio de Lucas Vázquez por Carvajal, muy bien al campo. El 3-5-2 del Inter sufría ante la presión adelantadísima de los blancos, hombre a hombre. Asensio obligó a Handanovic a sacar una manopla milagrosa a los tres minutos, y a los ocho Valverde chutó alto cuando el gol parecía cantado tras una gran dejada de Benzema. Conte movió sus piezas, permitió a los centrales arrancar para romper la línea de presión, con kilómetros a la espalda de Casemiro y Valverde por explotar si alguno no acompañaba. Y el eslabón más débil era Hazard, cuyas prestaciones defensivas son bastante pobres.

Un remate de Perisic al larguero, un paradón de Courtois a remate de Lautaro y un misil de Vidal que no encontró puerta por media cuarta, miedo en el cuerpo del Madrid y los dos equipos pidiendo una tregua: tocar, achuchar al rival cuanto más cerca de su portero mejor y a no descolocarse. El que se descolocó fue Achraf, quien volvía a Valdebebas tras tantos años en La Fábrica. Apretado por Mendy (otro partido muy tibio el suyo, pero vital en esta jugada, al límite de la falta), decidió ceder a su portero desde el centro del campo. Se quedó a medio camino, porque allí estaba Benzema. El galo recortó al meta nerazzurro y subió el 1-0 al marcador.

El Inter notó la estocada, porque encajó el 2-0 muy rápido, en un córner botado por Kroos y rematado por Sergio Ramos, aunque el segundo picotazo blanco le encabritó tras una genialidad brillantísima de Nicoló Barella, un futbolista con unos ramalazos de mago que pocos tienen. Una asistencia de tacón del cagliariatno de las que te dejan los ojos como dos pizzas de friarielli y salsiccia, perfecta en el tempo, en la distancia, en la potencia, que permitió a Lautaro anticiparse a Varane para clavar el 2-1.

La segunda parte comenzó con la misma tonalidad de armisticio que el tramo del primer acto desde la ocasión de Vidal y hasta el gol de Benzema. Pero había algo diferente. El Madrid, poco a poco, iba perdiendo fuelle en la presión. El Inter jugaba cada vez más cómodo en su campo y era capaz de deshilachar a la defensa madridista hasta la frontal de Courtois, pero ahí las persianas se bajaban por mucho que entre Barella y Lautaro le ponían más intención que ganas. No pintaba bien la cosa y Zidane decidió quitar del campo a dos fantasmas, Hazard y Asensio, para buscar algo de samba con Vinicius y Rodrygo.

Pero quien encontró espacio para el baile fue Lautaro, otra vez. Aprovechó un paseo de Sergio Ramos por el centro del campo quién sabe por qué para ganar su espalda, jugar con Perisic y el croata fusiló a Courtois ante Lucas Vázquez. Era el 2-2, un jarro de agua fría para un Madrid que en Europa no provoca temblores en nadie. El gol, además, provocó un ataque de pánico en el Madrid: Casemiro y Valverde estaban absolutamente desaparecidos, Mendy era un flan y Lautaro, primero, y Perisic, luego, estuvieron a centímetros de hacer el 2-3, un gol que no llegó porque San Champions es madridista.

La enésima demostración de ese realblanquismo de Señor Copa de Europa llegó poco después: cuando peor lo pasaba el Madrid, Vinicius encontró espacio por la izquierda, metió un pase al segundo palo y Rodrygo remató con toda la clase que demuestra cada vez que toca el balón y con ese punto de mala leche que necesita su fútbol para escalar el escalón que le falta para convertirse en indiscutible en este equipo. Un golazo, oxígeno para el trece veces campeón de Europa y los octavos algo más cerca. Aunque claro, si la fase de grupos ya parece el Everest, los cruces mata-mata pueden ser como tratar de subirlo en un triciclo…